La Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestro oficio, prometiendo optimizar procesos, predecir comportamientos y diseñar espacios eficientes. Sin embargo, existe otra forma de inteligencia, menos cuantificable pero igual de esencial: la Inteligencia Arquitectónica, esa capacidad innata del ser humano para comprender el espacio, adaptarse a su entorno y responder creativamente a las necesidades de quienes habitan. En este artículo contrastamos ambos enfoques, sus fortalezas y limitaciones, y exploramos cómo pueden coexistir para enriquecer el futuro del diseño arquitectónico.